Nuestra historia comienza con un grito:

¡¡¡¡Aaaaaahhhhhhh!!!!

Pero tranquilo, es un grito de alegría.

Es el grito que dio Ana al ver el regalo que le había hecho su novio Raúl. Era su 3º aniversario. Llevaban un año viviendo juntos y cada día se sentían más enamorados el uno del otro.  Había sido un año de aprendizajes, de aprender las manías de cada uno y tener que ceder en alguna que otra cuestión. Pero el balance era muy bueno. Eso de convivir a veces era complicado.

Ana le había regalado a Raúl unas entradas para un concierto en León, con fin de semana incluido. ¿Y cuál era el regalo de Raúl? Ana no se lo podía creer. No podía ser verdad, lo había hablado con Raúl una sola vez, creía que ni la estaba escuchando.

— ¿Qué pasa?  ¿No te gusta?  —preguntó Raúl.

— ¿Que si no me gusta? —respondió Ana —¡Es justo lo que quería! ¡Me encanta! Además es precioso, es mi color favorito….uuff, ¡qué pasada!

 Y detrás de un GRACIAS le dio un gran beso. No de esos  de las películas,  sino de los que dicen te quiero y gracias, eres el mejor. De los sinceros.

—Uf, me alegro un montón, porque tenía dudas de si te gustaría o no. Sé que te viene muy bien para ir a trabajar cada día.

—Mañana mismo voy a la oficina con él. Van a alucinar con mi patinete nuevo. ¿Podemos salir a probarlo a la calle?

—Por supuesto —respondió Raúl.

Bajaron juntos los tres: Ana, Raúl y el patinete eléctrico rojo. Ana llevaba la sonrisa impresa en su cara. Se sentía como cuando era pequeña y el día 25 de diciembre iba corriendo al árbol de navidad para abrir sus regalos. Esa sensación cuando estrenas algo… es efímera, dura unos segundos, a veces se alarga un poco más, pero te gusta tanto porque sabes que se te escapa de las manos.

Estaba emocionada, impaciente y a la par expectante.

Tardaron 5 minutos escasos en volver a subir al apartamento.

Decepcionada.

—Pensé que vendría la batería cargada. Pero ¿cuánto dura la batería? ¿Cada cuánto hay que recargarlo? ¿Me llegará para ir de casa a la estación de tren y de ahí a la oficina? ¿Y para volver? ¡Ay Raúl! si la batería se acaba pronto  será complicado que lo pueda usar cada día.

 Ana se estaba empezando a preguntar si lo deseaba tanto porque lo había visto como algo práctico o más bien porque era una moda, pero no quería que Raúl se diera cuenta de sus pensamientos y decidió sonreír, mientras varias ideas pasaban por su cabeza.

—No te preocupes. —Le dijo Raúl, parecía que podía leer a través de su sonrisa. —Tiene una batería de carga rápida. Si te parece, mientras preparo la cena, puedes ir leyendo la documentación que trae, a ver si nos aclara algo las dudas que nos han surgido.

Mientras desde el salón  oía como Raúl abría la nevera buscando algo para preparar la cena, Ana se puso a leer la documentación del patinete. Después de un rato en el que no terminaba de entender tantos tecnicismos decidió buscar información en internet. Había muchos vídeos en Youtube, y diferentes opiniones de personas que escribían sobre las virtudes de este patinete: su autonomía, velocidad, ergonomía, precio, diseño… Pero Ana se dio cuenta de que necesitaba algo más y no sabía que era. Se sentía un poco intranquila pero no sabía si era de la emoción que sentía por el regalo que había recibido o eran nervios pensando en cómo sería su día mañana.

Ana decidió dejar todo preparado esa noche. Se quedó tranquila al leer que tendría batería de sobra, en ese momento era lo que más la preocupaba, no sabía lo que le esperaba al día siguiente. Dejó el patinete cargando, el casco al lado y se metió en el bolso un chaleco reflectante, había leído que al ser tan pequeños es mejor hacerse ver a los demás conductores. No le quedaba bien con el look que había elegido para ir al a oficina, por eso lo guardó, ya vería si realmente era necesario o era la exageración de alguno.

Cuando sonó el despertador Ana se levantó de un salto. Raúl se quedó sorprendido ya que despertarse rápido y alegre no era una virtud de Ana. Cuando se sentaron a desayunar Raúl le preguntó cuál era el motivo para levantarse tan contenta y con tanta energía.

— Hoy estreno mi patinete y estoy nerviosa, a ver qué tal se me da. Además quiero ir con tiempo, porque antes quiero probarlo un poco, de aquí a la estación de tren.

Desde la casa de Ana a la estación de tren tenía unos 10 minutos andando, como es un barrio tranquilo de Madrid no suele haber mucho tráfico y por la mañana temprano.

Se puso su casco nuevo, se colocó el bolso en bandolera y le dio al botón de encendido. Practicó un rato y se dio cuenta de que frenaba mucho y de golpe, así que tenía que ir encontrando el punto al freno, porque sino todos los dientes enteros no le iban a durar mucho. Lo mismo ocurría cuando estaba parada y arrancaba, salía tan rápido que el cuerpo se quedaba atrás unos segundos. Probó en varias curvas y cuando se sintió segura de sí misma y del patinete emprendió su camino al trabajo.

Llegó a la estación de tren en unos 2 minutos, disfrutó mucho del camino. Aunque no había pensado en que al coger la velocidad, que no era mucha,  sentiría más frío. Mañana tendría que coger algo que abrigara un poco más y un pañuelo sería estupendo. Y mientras esperaba en el andén le escribió un mensaje a Raúl.

— Muchas gracias por mi regalo. Ya estoy esperando al tren, el camino se me ha hecho muy corto. Como vaya igual de rápido en todos los traslados voy a poder dormir un rato más todos los días y ya solo por eso te quiero millones. Por cierto, estoy en baja forma, subir las escaleras me ha costado más de lo esperado, jejeje.

Al momento sonó su teléfono era Raúl.

— Cielo cómo me alegro. A darle caña en la oficina. Que tengas un día genial. ¿Te espero para cenar?

— He quedado con Juana después del curro y ya picaremos algo, no me esperes para cenar. Feliz día.

Ana se puso sus auriculares con música cañera, necesitaba energía para afrontar el día. Llevaba ya 4 años en esa empresa, no era muy grande pero estaba muy a gusto. Ella era diseñadora, su pasión era crear y por supuesto dibujar.

Ahora era coordinadora de un equipo en una empresa de marketing. Toda la parte creativa le encantaba, las reuniones con su equipo eran divertidas, locas y estresantes a partes iguales. La parte de diseñar ya no la realizaba tanto como le gustaría. Ahora tenía que hacer el papeleo y las reuniones con los clientes, lo que no le gustaba tanto. De hecho de las reuniones se intentaba escapar, pero no siempre su jefe se lo permitía.

Ahora que estaban de lleno diseñando una campaña para una empresa de productos ecológicos, visitar las instalaciones y probar sus productos había sido toda una experiencia. El cliente quiso hacer la reunión en sus oficinas que estaban en un pueblo de Cantabria precioso y encantador. Pasar un par de días allí fue un soplo de aire fresco ¡vaya frío hacía! Cuando supo que saldría de la ciudad un par de días no le hizo mucha gracia, pero una vez allí no se arrepintió en ningún momento, lo disfrutó mucho. Ana no se sentía muy cómoda en  el entorno rural, ella era urbanita hasta la médula. El ruido de la ciudad, ese jaleo constante, encontrar un bar siempre abierto, un montón de opciones de ocio: teatro, cine, conciertos, exposiciones… pero había que reconocer que la gente en los pueblos vivían muy bien. Ese silencio solo interrumpido por los pájaros o por los ladridos de los perros cuando defienden su casa, saludar a todo el mundo (sean del pueblo o de fuera), tener tiempo para hablar un rato con las personas, mirarse a los ojos… Sin duda recargó pilas y quería hacerlo más a menudo.

Seguía en sus cavilaciones cuando la locución dijo su parada. Nuevos Ministerios. Bajar del tren fue más difícil que subir, la sensación de caerse entre el tren y el andén hizo que dudara unos segundos, los necesarios para que empezarán a empujarla. A esas horas el tren iba a tope de gente y el andén no estaba mucho más despejado. Al final una mujer la ayudó sujetándola el patinete desde abajo, para que Ana pudiera bajar sin problemas. No solo le dio las gracias, sino que le dedicó una gran sonrisa, de esas sonrisas que dicen “gracias por salvarme la vida”.

Subida en las escaleras mecánicas con el patinete delante, pensó en esas personas que necesitan sillas de ruedas o una mamá con su bebé… después de un par de tramos de escaleras, decidió subir en ascensor el último tramo para salir a la calle. Pero esperar el ascensor no iba a ser tan fácil como ella pensaba, había bastante gente en fila, aún así esperó. Varios ascensores después, le tocó a ella. La gente le miraba con cara de pocos amigos. El espacio que ocupaba el patinete no era mucho y ella intentaba que no molestara, pero varias personas se habían  tropezado con él al entrar en el ascensor.

Ya por fin salió a la calle, a pesar de que hacía frío le encantó notar el aire de la mañana en la cara. Necesitaba respirar. Ahora venía lo que anoche no le dejaba conciliar el sueño: llegar de la estación de tren a la oficina. Andando eran unos 20 minutos, lo tenía controlado. De camino cogería un café en la cafetería de la esquina que tanto le gustaba, con su espuma y canela.

En ese momento el tráfico era un caos coches parados, autobuses intentando girar, motos circulando en zigzag, ciclistas pasando entre coches y motos, sonidos de claxon cada pocos minutos…

-¡Venga Ana, tú eres valiente!  todo el mundo tiene su hueco en esta ciudad y más en la carretera, además ahora los coches están parados si vas con cuidado no habrá ningún problema-se dijo a sí misma.

Lo de hablarse en alto era algo que hacía a menudo y que le causaba alguna que otra situación incómoda, pero no lo podía controlar y menos en momentos de nervios.

Se puso su casco y se bajó a la carretera. Tenía el pulso a mil cuando le dio al botón de encendido. Al principio se puso detrás de un coche, pero cuando el semáforo cambió a verde, al arrancar su patinete más rápido que el coche, casi le da un pequeño golpe. No avanzaron mucho por el tráfico y el semáforo se puso en rojo. Mientras los conductores de los coches de al lado no dejaban de mirarla, las motos y ciclistas no paraban de adelantarla. Estaba de pie en la carretera. Se sentía muy vulnerable y encima no estaba avanzando nada. Si hubiera ido andando ya estaría a mitad de camino. Tomó aire, miró hacia atrás por si venía alguna moto, empezó avanzar entre los coches, hasta que llegó al semáforo. A pesar de que iba despacio porque tenía que ir controlando no darse con los retrovisores de los coches, había adelantado mucho. Cuando se encendió la luz verde, de nuevo, mantuvo la respiración y aceleró. Como había atasco los coches se frenaban enseguida pero ella podía seguir avanzando entre ellos. Cuando ya se sentía más cómoda y relajada, pasó una moto demasiado cerca y entre el susto y el viento se desestabilizóun poco, pero pudo mantener el equilibrio para no caerse.

— ¡Ufff, qué susto!, venga Ana, que queda ya muy poco.  

Cuando se quiso dar cuenta ya estaba en su cafetería de siempre. Le esperaba Marcelo con su café preparado.

— Buenos días Marcelo, ¿qué tal va la mañana?

— Buenos días Ana, pero ¿qué ven mis ojos? ¿Te has comprado un cacharro de esos? ¿Tú también has caído en la moda del momento? A mí no me convencen nada.

— Ha sido un regalo de Raúl, — le explicó Ana —hoy lo estreno y no está siendo como esperaba. Pero mañana te digo si me ha convencido o no.

— Ten cuidado ¿vale? Ya sabes que la gente, con tal de no llegar tarde, ni mira.

En ese momento Marcelo le entregaba un café y una magdalena a un chico que ni levantó la cara del móvil para hacer su pedido.  

— Sí, no te preocupes, que tengas un buen día. Hasta mañana. —Se despidió Ana. No le apetecía que le dijera lo peligrosa que era la ciudad o lo maleducada que era la gente, al menos a esas horas no, aún no.

Cuando por fin llegó a la oficina no había pensado en el tema de aparcar su patinete. No sabía muy bien dónde se podía dejar. Había leído por la noche en internet que se debían aparcar en el sitio de las motos o las bicicletas.

— ¡Qué suerte he tenido! –se dijo Ana, había un hueco donde las motos. Así que  bloqueó su precioso patinete nuevo, desabrochó su casco y cuando se disponía a andar hacía la puerta alguien la gritó.

— ¡¡Anaaaa!!

Era Santi, un compañero del departamento de administración. Le conocía de vista y de alguna de las fiestas de la empresa.

— Anda, hola Santi, buenos días. ¿Qué tal?

– ¿Es tuyo ese patinete? — le preguntó Santi con el ceño fruncido.

Ana se quedó sorprendida porque ni le saludó, pero sonriente y con ilusión de enseñar su regalo, fue a responderle, pero Santi no le dejó ni abrir la boca.

— Ya lo estás quitando de mi sitio — le reprochó Santi a Ana — ¿no ves que no tengo dónde dejar mi moto? Ese es mi sitio de todas las mañanas y no vas a venir tú con tu patinete a dejarme sin sitio. Vamos ni de broma. — Mientras acercaba la moto al sitio donde estaba el patinete de Ana

— Bueno ese sitio estaba vacío y, como he llegado antes, pues lo he dejado ahí porque no pone que sea tu sitio.

No la había gustado nada como la estaba hablando. Y los sitios no tenían nombre eso estaba claro.

—Mira Ana, no quiero discutir, pero si no lo quitas tú lo voy hacer yo. ¡El sitio de los patinetes no es ese! Lo que faltaba, que los patinetes quiten el sitio a las motos. Tú lo puedes dejar en la acera o donde te dé la gana. — Inquirió Santi a Ana mientras le mantenía la mirada fija.

Ana no quería tener problemas así que mejor quitarlo. Dejó que Santi, el simpático, dejara su preciada moto. Ahora estaba Ana con su patinete debatiendo internamente qué hacía. Entre los coches había sitio pero había leído que, como el patinete es pequeño, los conductores no lo ven bien cuando aparcan y en muchas ocasiones los terminan tirando al suelo sin querer, no le parecía un buen estreno para su patinete. Donde las bicicletas y motos, visto lo visto, no era una buena opción, parking para patinetes en esa zona no había, al menos de momento, y dejarlo en la acera, pudiendo molestar a los peatones, tampoco le parecía buena idea. Pensaba sobretodo en esas personas con sillas de ruedas o los abuelos con sus nietos en el carrito.

En ese momento entraba Marcos, su jefe y ya amigo.

— Pero ¿qué tenemos aquí? ¿Anita con un patinete? ¿Desde cuándo tienes uno tú? — Con una alegría que a esas horas molestaba a cualquiera.

— Pues desde ayer, Raúl me lo regaló. — Le explicó Ana — ¿No te acuerdas que era nuestro aniversario?

—Anita, ¿de verdad crees qué tengo tanta memoria para acordarme de todo lo que celebras?

Ana era de esas personas que tenía un día de celebración para todo. Desde el día que conoció a Raúl, el día del primer beso, el día que empezó a trabajar con Marcos, el día que salieron de fiesta por primera vez… acordarse de todo lo que Ana celebraba era misión imposible para cualquieraque no fuera Ana.

— Pues me gusta mucho, dicen que son muy prácticos para moverse por la ciudad. Ya me lo dejarás algún día, ¿no amiga mía? — Esa pregunta iba acompañada de una sonrisa y un guiño de ojo. Marcos era un seductor nato.

— Por supuesto que te lo dejo algún día, cuando sepa qué hacer con él. He tenido una discusión con Santi por haberlo dejado en SU sitio. — Le contó Ana.

Se lo dijo poniendo los ojos en blanco y Marcos se quedó sin entender nada.

— Pues te lo subes a la ofi, ¿qué problema hay?— Marcos era muy resolutivo para todo. — Lo puedes dejar en el almacén. Hay sitio de sobra y no molestará, o incluso lo puedes dejar en el maletero de mi coche si alguien dice algo. Pero vamos, excepto tú y tu equipo, al almacén de material no entra casi nadie.

A Ana le pareció una gran idea ¿por qué no se le habría ocurrido a ella? Cogió su patinete y subieron a la oficina. Tuvo que ir al baño a asearse un poco. Después de los nervios durante el trayecto, había sudado más de lo que le hubiera gustado y pasar el día así incómoda no era una opción. Cuando se sentó en su sitio pensó que sería muy tarde, pero para su sorpresa era la hora de siempre. A pesar de su discusión con Santi,  ir despacio, e incluso tener que esperar detrás de un coche, estaba claro que con el patinete tardaba menos de 5 minutos en llegar a la oficina desde la estación de tren. Le iría cogiendo confianza, sería genial tardar menos en llegar a trabajar.

El día transcurrió con normalidad. Con el caos y la energía que había siempre, era casi adictivo ese ritmo.

Cuando dieron las 5 todo el mundo se marchó. Y ella, por supuesto, también. Lo daba todo durante sus horas de trabajo y hoy le tocaba tomarse un rato para ella.

Llamó a Juana y quedaron cerca de la oficina, lo que tardaba 15 minutos andando, con el patinete no fueron ni 5 minutos. Por lo que tuvo que esperar a su amiga, pensó que era la primera vez que llegaba antes. Tanto fue así la sorpresa que se llevó Juana que hasta decidió invitar a su amiga, ¡ya tenía otro día de celebración! Este se quedaría como el primer día en el que Ana no llegó tarde. Después de unas cuantas de horas de ponerse al día, varios refrescos y alguna que otra croqueta casera, ya era hora de volver a casa, el día había sido largo e intenso.

El camino a casa fue mucho más relajado, a esas horas la ciudad ya estaba más tranquila. Disfrutó mucho el trayecto con su patinete. Eso sí, subir y bajar las escaleras a esas horas le costó más de lo que quería reconocer. Y subir y bajar del tren eso era otro cantar…

Cuando llegó a casa le estaba esperando Raúl para ver la serie que tenían pendiente. No esperarla era motivo de separación, eso lo tenían ya hablado.

— ¿Qué tal ha ido el día, cielo? Quiero que me cuentes todo.

Siempre se ponían al día durante la cena, aunque solo estaba cenando Raúl, Ana no pudo controlar comerse algunas patatas fritas del plato de Raúl.

Ana le contó todo lo que le había pasado durante el día con el patinete, cómo se había sentido y también cómo había ido la primera reunión con su equipo para poner en común ideas de la campaña que tenían entre manos.

— Entonces mañana ¿querrás llevarte el patinete otra vez? O ¿lo vas a dejar para ir a casa de tus padres los fines de semana?

Ana se quedó pensando en cómo había ido el día. En general todo había ido muy bien, había tardado muy poco en los desplazamientos que tenía, poder subir el patinete a la oficina era muy cómodo y la tranquilizaba no tener que dejarlo en la calle,  no era ruidoso por lo que, cuando no había muchos coches, era un lujo disfrutar del aire en la cara y disfrutar de la ciudad. Aunque, por otro lado, no podía olvidar cómo le temblaban las piernas mientras pasaba entre los coches o lo mucho que le había costado subir y bajar del tren, o cómo había molestado a la gente en las escaleras mecánicas o en el ascensor. Tenía claro que mañana tendría agujetas.

Mientras se acomodaba en el sofá con su manta le respondió:

— Mañana lo sabrás…